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Marina del Mármol y Mauro Bravo enfocan su profesión en mejorar la calidad de vida de las personas a través de espacios que respetan el contexto físico, cultural y social. Inspirados por la experiencia cotidiana y la naturaleza, abogan por una arquitectura que combine innovación, sostenibilidad y sensibilidad, priorizando la vegetación y la calidad en la construcción. Además, alertan sobre los desafíos actuales, como la crisis de recursos y la necesidad de mantener la excelencia en un mundo en constante cambio.
¿La arquitectura es...?
…la herramienta que permite mejorar la calidad de vida de las personas a través de los espacios que habitamos. Entendemos la arquitectura como una práctica comprometida con el contexto, tanto en su dimensión física como cultural y temporal, que busca dar sentido y valor a los lugares en los que vivimos, trabajamos o nos relacionamos. Para nosotros, no se trata solo de construir, sino de aportar una mirada que cuide lo cotidiano y lo humano, desde la escala más doméstica hasta la más urbana.
¿Qué es lo que os acercó a la arquitectura?
Marina: Desde muy pronto me atrajeron las formas de habitar, sobre todo aquellas que se alejaban del estándar. Lo doméstico, en sus múltiples variantes, me despertaba curiosidad: cómo las personas adaptan, interpretan y transforman sus espacios cotidianos.
Mauro: En mi caso fue un proceso intuitivo, de pequeño, sin saber por qué, percibía que había espacios, edificios o atmósferas que tenían algo especial, algo cuidado, y otros que no. Años después estudié la carrera de Bellas Artes, y fue durante mi último año en el Politécnico de Milán cuando descubrí que lo que realmente quería ser era arquitecto. A mi regreso, comencé arquitectura en la ETSAM, hasta hoy.
En un mundo tan cambiante, ¿se ajusta hoy en día la realidad de esta disciplina a lo que imaginasteis?
Desde el punto de vista de las oportunidades, podemos decir que sí. Pertenecemos a una de las últimas generaciones que ha podido desarrollar proyectos a gran escala siendo aún jóvenes, algo que hoy resulta mucho más difícil. Las sucesivas crisis han endurecido el acceso a encargos relevantes, y lamentamos que las administraciones no estén facilitando a las nuevas generaciones el camino que nosotros sí pudimos recorrer.
Dicho esto, también hay una realidad que no imaginábamos: aunque hemos tenido la posibilidad de hacer realidad nuestros proyectos, la responsabilidad que conllevan no se corresponde con la retribución económica actual, muy inferior a la que recibieron generaciones anteriores de arquitectos. Es un desequilibrio que pesa y buscamos cambiar.
¿Existe una visión unificada de la profesión entre las y los arquitectos? ¿O cada maestrillo tiene su librillo?
Como en otros ámbitos culturales, creemos que en la arquitectura coexisten distintas realidades. Por un lado, hay un mainstream más comercial, que opera con grandes inercias y que, en muchos casos, muestra poca ambición en términos disciplinares. Por otro, existe un ecosistema de pequeños estudios que trabajan desde una lógica más artesanal, donde se da la experimentación y la verdadera evolución del oficio. A veces, alguno de estos estudios logra consolidarse como una gran referencia. En nuestro caso, las influencias son múltiples: desde lo cotidiano hasta lo cultural, lo sensible y lo político. Al final, todos nos observamos, directa o indirectamente, porque formamos parte del mismo contexto profesional y cultural.
¿Es la arquitectura, como concepto, un método para ordenar la sociedad?
Es una pregunta muy pertinente. La respuesta es no… y sí. Si imaginamos la sociedad como si fuera una ciudad, la arquitectura no es quien la ordena. En la práctica, quienes definen su estructura son los poderes políticos, muchas veces condicionados por intereses económicos especulativos. Un ejemplo claro es Madrid, una ciudad donde apenas hay terrazas porque una línea de texto del Plan General de 1997 establece que computan en la edificabilidad. Hacer una terraza no resulta rentable, mientras que los miradores, que no computan, han proliferado, a pesar de su mal comportamiento energético.
Y sin embargo, también decimos que sí, porque como arquitectos tenemos la responsabilidad , y la oportunidad, de buscar soluciones creativas frente a esas limitaciones. Somos quienes intentamos revertir esas anomalías normativas y encontrar estrategias para mejorar la vida cotidiana de las personas. En el caso de Madrid, eso significa idear modos ingeniosos de introducir espacios exteriores habitables en las viviendas, incluso cuando la normativa parece negarlos.
¿Tenéis libertad para crear? ¿O la propiedad aún pesa mucho en las decisiones...?
En nuestro caso, casi todos los proyectos que desarrollamos provienen de concursos ganados. Y eso, en términos generales, significa libertad creativa. En un concurso, las ideas con las que se gana, valoradas por un jurado cualificado, son las que fundamentan el proyecto, y aunque en el proceso de desarrollo se matizan o evolucionan, normalmente lo hacen para mejor.
El problema es que los concursos están en claro retroceso. Cada vez son menos y están siendo sustituidos por sistemas de contratación que priorizan otros criterios, donde la calidad arquitectónica queda relegada. Hoy en día, los concursos de ideas representan un porcentaje muy pequeño del total de encargos que se realizan desde las administraciones, lo cual es un error a nivel urbano, social y también productivo. Se desaprovecha el talento de muchos estudios que compiten por unos pocos encargos, en lugar de fomentar una cultura arquitectónica rica y plural mediante una distribución más equitativa del trabajo.
¿Qué es lo que inspira vuestro trabajo?
Nuestra mayor fuente de inspiración es la experiencia directa como usuarios de los espacios: la ciudad, los edificios, lo doméstico... Estar atentos a cómo vivimos lo cotidiano es una forma de mindfulness arquitectónico. Observar qué funciona, qué podría mejorar, es la base desde la que proyectamos.
Además, la cultura en su sentido más amplio siempre ha sido una gran fuente de ideas. El cine, por ejemplo, genera atmósferas muy poderosas. Directores como David Lynch o Pedro Almodóvar nos inspiran con su capacidad para construir mundos a través del espacio, la luz o el color. Y, por supuesto, la buena arquitectura, nacional e internacional, también nos impulsa. Todos nos miramos, todos nos robamos, lo importante es saber traducir esas influencias a tu propio contexto.
Pero, por encima de todo, lo que más nos inspira es la posibilidad de mejorar la vida de las personas que habitarán nuestros proyectos y mejorar el entorno urbano. Diseñar para una vida mejor: buscar la buena vida.
¿Tenéis tendencia por algún material en concreto a la hora de planificar los proyectos?
Sí, y cada vez lo tenemos más claro: el material más importante es la vegetación. Es sorprendente lo mucho que influye en nuestro bienestar -climático, emocional, sensorial- estar rodeados de otros seres vivos. Una arquitectura sin vegetación se convierte en un bodegón muerto. Es preocupante ver cómo muchas ciudades siguen apostando por modelos que eliminan zonas verdes, sustituyen suelos permeables por pavimentos duros y talan árboles sin una visión de futuro. Desde el punto de vista del promotor, tradicionalmente ha existido miedo a la vegetación por cuestiones de mantenimiento. Pero la realidad acaba imponiéndose: los proyectos que integran vegetación no solo mejoran la calidad del espacio, sino que generan un valor añadido enorme, también en términos comerciales, desproporcionado en relación a la inversión que suponen.
Ojalá asistamos pronto a un cambio de paradigma, donde tanto promotores públicos como privados entiendan que incorporar vegetación no es un lujo, sino una necesidad.
¿Está suficientemente preparado el sector de la construcción para plasmar los proyectos arquitectónicos de manera fiel a la idea inicial?
Al menos en el ámbito público, sí se ha producido una mejora notable respecto a nuestros inicios. Hace años, era habitual que las constructoras presionaran a los arquitectos para rebajar calidades durante la fase de obra. Defender las decisiones de proyecto era una lucha constante, incluso cuando uno actuaba en favor del propio promotor.
Hoy, afortunadamente, las auditorías derivadas de la Ley de Contratos hacen imposible reducir calidades de forma arbitraria, y eso ha supuesto un avance.
Además, el Código Técnico de la Edificación ha elevado el nivel medio del sector: ya no es tan fácil construir mal.
En el sector privado también ha habido cambios. Las imágenes comerciales realistas, que en su momento no eran una prioridad para nosotros, están resultando útiles para generar compromisos con los clientes y promotores. Esa expectativa visual inicial ayuda a mantener la fidelidad del proyecto original.
¿Cómo valoráis el auge de la construcción industrializada?
Nos genera sentimientos encontrados. Por un lado, hace tiempo que intentamos convencer a nuestros promotores de que la industrialización no solo es una realidad, sino una necesidad cada vez más urgente. El contexto económico y social, con una mano de obra cada vez más escasa y una demanda constante de vivienda, hace que la construcción industrializada tenga todo el sentido.
Desde hace años exploramos cómo combinar industrialización con calidad arquitectónica, y ese es precisamente nuestro mayor temor: que, al generalizarse este modelo, se sacrifique lo esencial, que es la calidad de la arquitectura.
Sería un error grave con consecuencias para nuestras ciudades. Nos interesa especialmente la línea de la industrialización flexible: cómo lograr que un sistema de piezas, como si de un juego de LEGO se tratara, permita generar proyectos diversos, adaptados a necesidades específicas y contextos concretos. Que la eficiencia no imponga homogeneidad.
Además, creemos que lo industrial no debe sustituir lo artesanal. Nos preocupa que lo hecho a medida -lo específico, lo cuidado- quede relegado a un producto de lujo. Esta preocupación se acentúa especialmente en el ámbito que más conocemos: la vivienda social. Ahí, más que en ningún otro lugar, no podemos permitirnos una arquitectura deshumanizada.
La necesidad de avanzar hacia la descarbonización, ¿condiciona el modelo arquitectónico?
Siempre lo ha condicionado, aunque históricamente ha sido por razones económicas: reducir el consumo. Por eso los pueblos andaluces son blancos o las casas tradicionales del norte tienen huecos pequeños; eran respuestas arquitectónicas sensatas al clima.
El verdadero problema surge cuando los grandes desarrollos inmobiliarios han ignorado estos principios, generando entornos urbanos energéticamente ineficientes y totalmente dependientes del coche.
Hoy la urgencia es aún mayor, porque ya no se trata solo de eficiencia, sino de una emergencia climática global. Como arquitectos, tenemos la responsabilidad de proyectar desde una lógica pasiva, que combine el aprendizaje de la tradición con la aplicación inteligente de la innovación. No es solo una cuestión técnica: es una postura ética.
En ocasiones da la sensación de que prima la estética en los proyectos...
No creemos que el problema sea la estética en sí. La estética puede ser profundamente valiosa cuando está al servicio de la arquitectura y de la calidad de vida. Lo que sí nos preocupa, y rechazamos, son los formalismos vacíos.
Ha habido momentos en los que ciertas tendencias arquitectónicas se han basado únicamente en gestos formales, sin tener en cuenta el contexto ni las necesidades reales del proyecto. Esa arquitectura del espectáculo y también la arquitectura meramente comercial, desvinculada de cualquier pensamiento profundo, no nos interesa.
Es una lástima porque, en paralelo, hay en España una generación de estudios pequeños que están trabajando la arquitectura desde una perspectiva integral, intelectual, comprometida... y no están siendo suficientemente reconocidos ni por las administraciones ni por el público en general. Son grandes desconocidos en nuestra cultura.
¿Se ha pasado ya la tendencia de contratar arquitectos “estrella” por parte de las administraciones?
Volviendo a la cuestión anterior, creemos que no se trata de rechazar a los arquitectos “estrella” por sistema. Hay profesionales con gran reconocimiento que hacen trabajos excelentes y que pueden aportar muchísimo valor si se les elige con criterio.
Lo importante es que exista una justificación técnica sólida detrás de cada encargo. Que no se trate de una decisión basada en el nombre, sino en la pertinencia del proyecto para el lugar y el contexto concreto. La pregunta clave no es quién firma, sino qué se propone: ¿es este el mejor proyecto posible para este lugar?
¿Hacia dónde se dirige la arquitectura moderna?
Vivimos en un contexto global cambiante, con disrupciones geopolíticas que ya están afectando -y seguirán afectando- a nuestras sociedades. A nivel internacional, es difícil anticipar una única dirección clara, aunque es evidente que la inteligencia artificial jugará un papel cada vez más relevante en la arquitectura, como ya ocurre en muchas otras disciplinas. En el caso de España, el gran desafío es el déficit de vivienda. Se necesitan respuestas urgentes y ambiciosas y la arquitectura va a estar en el centro de esa transformación. Como ya hemos mencionado, la industrialización puede formar parte de la solución, pero no debe imponerse a costa de la calidad.
Será necesario construir mucha vivienda social -nuestro ámbito de especialidad-, y cómo se plantee esta tarea desde lo político y lo administrativo va a definir en buena medida el tipo de ciudades que habitaremos en el futuro. Por eso creemos que es fundamental exigir que la urgencia no sustituya a la calidad arquitectónica. El coste de hacerlo sería demasiado alto.