por DPArquitectura 30 de julio, 2026
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Las altas temperaturas registradas este verano están incrementando la presión sobre la gestión de edificios e instalaciones que utilizan sistemas de agua, obligando a extremar las medidas de control frente a riesgos sanitarios como la proliferación de la bacteria Legionella. Expertos en sanidad ambiental advierten de que el aumento de episodios de calor intenso favorece las condiciones para su desarrollo, especialmente en instalaciones donde el mantenimiento no se realiza de forma continuada.

Hospitales, residencias, centros sanitarios, complejos deportivos, hoteles y otros espacios de uso colectivo se encuentran entre los entornos donde la prevención resulta especialmente relevante. En estos casos, una gestión inadecuada de los sistemas de agua puede tener consecuencias sanitarias, pero también importantes impactos operativos, económicos y reputacionales para las organizaciones responsables.

La legionelosis continúa siendo una enfermedad sometida a vigilancia epidemiológica, lo que convierte el control preventivo en una prioridad. Aunque la bacteria está presente de forma natural en numerosos entornos acuáticos, el verdadero riesgo aparece cuando encuentra condiciones favorables para multiplicarse y dispersarse a través de aerosoles.

Los especialistas recuerdan que la Legionella prolifera con mayor facilidad cuando el agua se mantiene entre los 20 y los 45 grados centígrados, alcanzando su máxima actividad en torno a los 35 y 37 grados. Precisamente, las sucesivas olas de calor pueden favorecer que numerosos sistemas de almacenamiento y distribución de agua alcancen estas temperaturas si no se aplican las medidas preventivas necesarias.

El mantenimiento, clave para reducir riesgos

Desde EZSA Sanidad Ambiental subrayan que las instalaciones no son peligrosas por sí mismas, sino que el riesgo está directamente relacionado con la falta de mantenimiento o con la interrupción de los programas de control.

Entre las instalaciones que requieren una vigilancia específica se encuentran las redes de agua fría y caliente sanitaria, torres de refrigeración, piscinas, spas, jacuzzis, nebulizadores, humidificadores, fuentes ornamentales, sistemas de riego y equipos de protección contra incendios. La presencia de agua estancada, sedimentos o biopelículas formadas por microorganismos puede favorecer la proliferación de la bacteria.

En entornos sanitarios y asistenciales, donde conviven personas especialmente vulnerables, la prevención adquiere una dimensión aún más crítica. Por ello, los expertos recomiendan mantener programas permanentes de revisión y control durante todo el año, evitando concentrar las actuaciones únicamente en los meses más calurosos.

Anticiparse al problema

La legionelosis se transmite exclusivamente por la inhalación de pequeñas gotas de agua contaminada, por lo que no existe contagio entre personas. Esta característica hace que el control preventivo de las instalaciones sea la herramienta más eficaz para evitar posibles brotes.

Entre las medidas recomendadas destacan las inspecciones periódicas de los sistemas, el control de la temperatura del agua, la eliminación de puntos de estancamiento, el mantenimiento de niveles adecuados de desinfección y la revisión continua de los sistemas de filtración y recirculación.

Cuando las circunstancias lo requieren, también pueden aplicarse tratamientos específicos mediante productos biocidas, siendo el cloro uno de los más utilizados. Asimismo, existen otras alternativas de desinfección, como el uso de bromo, ozono o sistemas basados en radiación ultravioleta.

Los especialistas señalan además que el origen del agua puede influir en el nivel de riesgo. Las instalaciones abastecidas por la red pública suelen presentar una menor probabilidad de proliferación bacteriana que aquellas que utilizan pozos, depósitos o aljibes sin un mantenimiento adecuado.

La prevención debe ser permanente

Uno de los errores más habituales consiste en reforzar los controles únicamente cuando llegan las altas temperaturas. Sin embargo, los profesionales del sector recuerdan que la prevención debe desarrollarse de forma continua para evitar que la bacteria se establezca en conducciones, depósitos o equipos durante el resto del año.

El cierre de temporada en instalaciones como piscinas representa, por ejemplo, una oportunidad para realizar limpiezas profundas, revisar sistemas de filtrado, efectuar análisis microbiológicos y preparar los equipos para la siguiente campaña. Del mismo modo, los sistemas de nebulización utilizados en terrazas, establecimientos de hostelería o espacios públicos deben someterse a controles periódicos independientemente de la estación.

En un escenario marcado por veranos cada vez más largos y temperaturas más elevadas, la gestión preventiva de la legionela se consolida como una herramienta esencial de salud pública. Más allá del cumplimiento normativo, las empresas y entidades responsables de instalaciones con sistemas de agua deben considerarla una inversión clave para garantizar la seguridad de usuarios y trabajadores, proteger a los colectivos más vulnerables y asegurar la continuidad de su actividad.

"Los operadores de instalaciones con sistemas de agua no solo tienen una obligación normativa; también tienen una responsabilidad directa con las personas que utilizan sus instalaciones y con la viabilidad de su actividad. Un brote puede acarrear consecuencias sanitarias, legales y reputacionales muy importantes. La prevención sigue siendo la mejor herramienta para evitar esos riesgos", señala Ignacio Santamarta, director de EZSA Sanidad Ambiental.

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