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El proyecto combina un parque, equipamientos y una mezquita para crear un espacio de uso colectivo con vocación cívica y permanencia urbana.
El proyecto plantea un conjunto de escala urbana en el que la arquitectura religiosa se integra con espacios públicos y áreas de uso colectivo. Concebido como un equipamiento de referencia para un distrito en crecimiento, busca combinar monumentalidad, apertura y función comunitaria en una única intervención.
Según la arquitecta Nadine Pieper, del estudio de arquitectura Borgos Pieper, el proyecto se ha desarrollado prestando especial atención a la relación entre los distintos edificios, el parque y el uso que la ciudadanía hará del conjunto. En este planteamiento, el valor de la intervención reside tanto en cada edificio como en la forma en que todos ellos configuran un sistema urbano coherente.
El parque constituye el principal elemento de cohesión del proyecto. Su función va más allá del tratamiento paisajístico, ya que organiza los recorridos, las zonas de encuentro y la relación entre los distintos espacios del complejo. Desde esta perspectiva, la arquitectura incorpora también una dimensión cívica, además de su función religiosa.
El proyecto aspira a convertirse en un nuevo referente urbano mediante una implantación que combine presencia arquitectónica y continuidad con el espacio público.
La mezquita, diseñada con capacidad para 9.000 fieles, articula su recorrido mediante una transición gradual entre el espacio exterior y el área de oración. La propuesta incorpora láminas de agua, jardines y luz cenital filtrada, elementos que contribuyen a definir la experiencia espacial y la relación entre arquitectura, paisaje y clima.
Según explica Nadine Pieper, la iluminación natural desempeña un papel esencial en el diseño al acompañar el recorrido desde los espacios colectivos hacia un ambiente de mayor recogimiento.
El edificio se resuelve mediante la intersección de dos bóvedas estructurales: una de cerámica, que filtra la entrada de luz natural, y otra de piedra perforada, destinada a proporcionar protección frente a la radiación solar. Esta solución reúne en un mismo sistema estructura, control solar y materialidad.
Para Etienne Borgos, la integración de estos elementos responde a una única decisión arquitectónica, en la que la estructura y el comportamiento climático forman parte del mismo planteamiento de diseño.
El Centro espiritual organiza de forma secuencial los recorridos desde el acceso hasta la sala de oración, incorporando espacios para abluciones y prestando atención a aspectos como la escala y la acústica. Esta distribución permite combinar la presencia monumental del conjunto con un ambiente interior orientado al recogimiento.
Más allá de su uso religioso, el proyecto se plantea como una pieza urbana destinada a favorecer la convivencia y el uso compartido del espacio público, integrando arquitectura, paisaje y comunidad en un mismo sistema.