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La residencia está implantada en una isla y situada sobre una península privada rodeada de mar por tres lados.
El proyecto de Borgos Pieper parte de una cuestión central, cómo diseñar una vivienda capaz de albergar varias generaciones sin que la escala domine la experiencia doméstica. En lugar de recurrir a una imagen monumental, la propuesta busca una percepción ligera del conjunto, con vistas abiertas que atraviesan el volumen y diluyen su presencia en el paisaje.
La arquitecta, Nadine Pieper, explica la intencionalidad del proyecto: "Nos interesaba que la casa no se leyera como una pieza de exhibición, sino como una arquitectura muy precisa, capaz de responder a una forma de vida concreta y de sostenerla en el tiempo".
En conjunto, el proyecto desarrolla una residencia contemporánea donde la escala no se traduce en monumentalidad, sino en control espacial y funcional. La arquitectura se construye a partir de la relación entre estructura, vacío y paisaje, configurando una vivienda pensada para la convivencia multigeneracional y para una ocupación prolongada en el tiempo.
En el centro del proyecto se sitúa un gran atrio vertical que organiza toda la residencia. Este vacío conecta las distintas plantas y actúa como núcleo espacial, climático y simbólico. La idea del “árbol familiar” estructura el concepto arquitectónico, donde distintas generaciones conviven en torno a un mismo espacio central que articula la vida doméstica.
Este atrio permite que la vivienda se construya desde dentro hacia fuera, incorporando vegetación, luz y sombra al interior del volumen. La organización no responde a piezas autónomas, sino a una estructura continua vinculada por este espacio central, que ordena las relaciones visuales y funcionales.
La residencia se organiza en tres niveles: zonas de ocio y servicios en la planta inferior, espacios sociales y de recepción en planta baja, y áreas privadas en las plantas superiores. Esta disposición permite compatibilizar hospitalidad y vida familiar sin interferencias, mediante una secuencia espacial continua y cuidadosamente articulada. En ese sentido, el arquitecto, Etienne Borgos, señala que: “No se trata solo de distribuir funciones, sino de construir una estructura espacial donde distintas formas de vida puedan convivir con naturalidad”.
Uno de los aspectos clave del proyecto es su enfoque técnico, orientado a generar una sensación de ligereza estructural. La vivienda se abre al paisaje mediante grandes luces, dobles alturas y elementos como una pérgola con voladizos de diez metros, cuya complejidad técnica queda integrada en una imagen final de continuidad y transparencia.
La relación con el clima condiciona la estrategia arquitectónica. El proyecto combina apertura y protección mediante vuelos, sombras, terrazas y espacios intermedios que filtran la luz y amplían el uso exterior. La envolvente incorpora soluciones de eficiencia energética, reutilización de aguas grises para riego y estrategias de paisajismo integradas, con el objetivo de alcanzar el estándar Pearl.
La sostenibilidad no se plantea aquí como argumento añadido, sino como consecuencia directa de una arquitectura concebida para funcionar bien, durar y mantener su calidad con el tiempo.