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Borja Gómez entiende la arquitectura como una labor colectiva donde técnica, arte y realidad se entrelazan. Formado en una época vibrante pero marcada por la crisis, orientó su práctica hacia modelos colaborativos capaces de asumir la complejidad contemporánea. Defiende una arquitectura flexible, atenta al lugar y al usuario, donde la luz y la energía son materiales esenciales. Su visión apunta a una disciplina comprometida con los retos sociales, urbanos y ambientales actuales.
¿La arquitectura es...?
Una labor colectiva.
¿Qué es lo que te acercó a formarte en esta disciplina?
Desde pequeño me apasionaba imaginar y construir. Descubrí que la arquitectura reunía técnica y arte, y esa combinación siempre me fascinó.
En un mundo tan cambiante, ¿se ajusta hoy en día la realidad de esta disciplina a lo que usted imaginó?
Yo pertenezco a la generación que salió de la escuela en 2010. Viví la carrera en un momento fascinante para la arquitectura española, había una energía tremenda. Se juntaba el espíritu crítico de los arquitectos que habían compartido mesa con los grandes maestros de la posguerra, con la intensidad productiva de los estudios madrileños que despuntaban en aquel momento. Era tal la cantidad de trabajo que había que todos ayudábamos en los estudios de nuestros profesores. Empezamos a trabajar muy temprano. Apuntábamos a reproducir el modelo al salir de la carrera y no creo recordar que nunca nos planteáramos otra cosa. La crisis del 2010 acabó con la actividad productiva. Desapareció el concurso público y el mercado se paró. Esto me brindó la oportunidad de hacer mi suficiencia investigadora y reflexionar sobre como quería ejercer la profesión. Me di cuenta pronto de que, para acceder a los proyectos de la complejidad y características que me interesaban, necesitaba una estructura mucho más grande y compleja que la del estudio que había conocido, era necesario un volumen de conocimiento y experiencia que resultaba inabarcable para un estudio pequeño y joven. Para proyectar es necesario tener todo el conocimiento en la punta de los dedos, como escuché decir en alguna ocasión a Norman Foster. Coincidió que, trabajando en la suficiencia, tuve en la mesa dos referentes de aproximación a la arquitectura de una manera colectiva, TAC (Walter Gropius y compañeros) y Acxt-Idom (ahora ya Idom). Mi visión de la disciplina surge así en un contexto de incertidumbre en el que, de forma natural, busqué un entorno donde pudiera ejercer la Arquitectura en medio de esa situación, y de manera práctica: desarrollando proyectos que incorporaran la realidad como parte esencial del material de trabajo. Vi en Idom la oportunidad de participar del estudio que yo hubiera querido constituir en aquel momento, una combinación equilibrada entre el ejercicio libre de la profesión y la asociación y he tenido la suerte de poder ejercer coherentemente con esa intuición.
¿Existe una visión unificada de la profesión entre las y los arquitectos? O cada maestrillo tiene su librillo.
Diría que, siendo la visión polifacética, la aspiración es unificada, lo que brinda una oportunidad importante para actuar.
Dicho esto, el espectro de la profesión es tan amplio que cada uno tiene capacidad de aporte en un rango del mismo. Frente a la simplificación en la que “un arquitecto solamente hace edificios”, hoy en día el grado de diversificación en el ejercicio de la profesión es muy alto. Esto hace que la visión tenga, en efecto, muchas caras, lo que enriquece la aportación que el arquitecto puede hacer a la sociedad. Las escuelas de arquitectura tienen una labor tremendamente importante en esto, son las que ayudan a los arquitectos a construir la capacidad crítica desde el origen y las que siembran la semilla de la aspiración.
Esta visión polifacética puede interpretarse como una pérdida de dirección. Decía Josep Quetglas: “No está muy claro a qué se dedica, hoy en día un arquitecto. Una discreta bruma envuelve ese oficio, una neblina tan útil como aquella con la que los dioses protegían a quienes querían apartar de las miradas públicas”. Por el contrario, yo lo veo también como una oportunidad para ser actores decisivos en toda la cadena de valor.
Si centramos la pregunta en el objetivo, la aspiración, tenemos unos retos tremendos que acometer que son dato. Siendo uno de los mayores aportadores de CO2 al planeta, la construcción tiene una respuesta que dar, y una respuesta que abarca desde la unidad al conjunto, desde el edificio a la ciudad.
Por eso decía que la aspiración es unificada y la oportunidad que tenemos, como en pocas ocasiones, es la de atacarlo desde todas las posiciones en las que el arquitecto ahora, como nunca antes, se encuentra en la sociedad. De esa manera, si actuamos en una dirección unificada desde todos los puntos de acción del espectro, podremos aportar un enorme valor a la sociedad.
¿Es la arquitectura, como concepto, un método para ordenar la sociedad?
Las aceras de las ciudades están llenas de contenedores de reforma. Cuando entramos en una vivienda nueva, buscamos apropiarnos de ella, modificarla en mayor o menor medida, hacerla nuestra. A veces solo el mobiliario, en ocasiones toda la distribución interior.
La arquitectura es el marco en el que se desarrolla la vida (parafraseando a Zevi) y en esa interacción arquitectura y usuario se afectan el uno al otro.
Si el marco es demasiado rígido, el usuario no puede apropiarse de él. Imagínese, por ejemplo, una casa con todos los muebles adheridos al suelo, imposible modificarlo. Por muy bien diseñada que estuviera, no daría pie al misterio del habitar.
No es menos cierto que la arquitectura aporta orden. La cuestión para mí es: ¿qué tipo de orden debe aportar la arquitectura? Me apoyaré en Karl Popper para responder. Popper describe todos los sistemas físicos mediante la definición de dos extremos. En un lado las nubes, y en otro los relojes. Las nubes representan sistemas impredecibles, que cambian de forma o volumen sin perder sus propiedades. Los relojes, en cambio, simbolizan sistemas precisos, donde geometría y función son inseparables. Popper sitúa todos los sistemas en un continuo entre ambos polos: cuanto más cerca de las nubes, más impredecibles; cuanto más cerca de los relojes, más exactos, aunque siempre con cierto grado de ‘nubosidad’.
Podríamos decir entonces que una arquitectura con un orden ‘nube’, a pesar de modificarse, seguiría manteniendo los principios con los que ha sido diseñada. Y, sin embargo, en el caso de la arquitectura ’reloj’, cuando alguna propiedad de su concepción varíe ligeramente, dejará de funcionar; tal y como le pasa a un reloj cuando pierde su forma, por una caída, por ejemplo.
Así, esa arquitectura (vivienda en el ejemplo del inicio) que por sus características admita, de manera natural, una cierta apropiación, sin perder su esencia, estará bien equilibrada entre las nubes y los relojes y, quizá, acabaría con los contenedores de reforma que hoy colmatan las calles.
Tienen libertad para crear? o la propiedad aún pesa mucho en las decisiones.
La libertad para crear nace, en mi opinión, de la escucha. La escucha al lugar, la escucha al cliente, la escucha al usuario, la escucha a los actores que participan en el proceso… Si la escucha es atenta, brinda muchas oportunidades para crear, para innovar.
Claro que la propiedad pesa en la toma de decisiones, de la misma manera que lo hace el lugar, el clima… Un buen cliente es, en mi opinión, una palanca fundamental para hacer un buen proyecto.
Acabamos de terminar un estadio en Chile para la Universidad Católica. Desde que ganamos el concurso hasta que se ha inaugurado pasamos el Covid y la rotura de stock generada por el ’atasco’ en el canal de Suez. Esto ha exigido revisar el proyecto varias veces, implicar a la industria local y a la constructora en el proceso de diseño, coordinar a todos los consultores en una única dirección, hacer partícipe a la sociedad local. Sin un cliente implicado, tenaz y constante hubiera sido imposible.
¿Qué es lo que inspira su trabajo?
Durante las etapas iniciales del proyecto, evito a toda costa las referencias disciplinares. Procuramos centrarnos en cuestionar en equipo la pregunta o preguntas que nos plantea la oportunidad y dejamos de lado las preferencias personales.
De esa manera, desgranando todos los aspectos que plantea la problemática propia del cliente, el lugar, el programa, el entorno social, la técnica, la física, la biología… etc., construimos un marco de trabajo que yo encuentro enormemente inspirador. En esta labor participan de manera colectiva profesionales de especialidades diferentes y el debate es muy enriquecedor, y no está limitado por una óptica disciplinar única.
En ocasiones, como consecuencia de la reflexión conjunta, se produce el resultado innovador, fruto del cruce de las disciplinas, no como búsqueda a priori. Esto no quiere decir que, personalmente, no me sienta identificado con determinadas líneas de pensamiento arquitectónico, artístico o tecnológico. Simplemente, los aparto del foco temporalmente.
Construimos hace unos años una bodega para González Byass que queríamos funcionara sin climatización, como las antiguas bodegas enterradas, y que, a su vez, estuviera iluminada con luz natural de manera indirecta, mediante grandes ventanales. La pregunta a la que llegamos fue ¿podemos diseñar una bodega, térmicamente estable, como si estuviera enterrada a 150 m bajo tierra, con vistas y luz natural? La respuesta exigió una profunda reflexión energética.
Encuentro la inspiración en ese proceso de trabajo.
¿Tiene tendencia por algún material en concreto a la hora de planificar sus proyectos?
En general, me interesa mucho la energía como material intangible en su espectro más amplio, lo que me lleva a trabajar con el material, la luz, la orientación, los sistemas y el tiempo en una visión a más largo plazo. En concreto, la luz, dentro del espectro de la energía, es un material maravilloso y, además, como diría Alberto Campo Baeza, gratis. Siempre le presto una especial atención.
¿Está suficientemente preparado el sector de la construcción para plasmar los proyectos arquitectónicos de manera fiel a la idea inicial?
El avance tecnológico en los últimos 50 años ha sido exponencial. Las posibilidades que aporta la industria permiten construir casi cualquier cosa. Esto hace, si cabe, más importante reflexionar sobre lo que se quiere construir.
Por eso, en general, no trabajamos con una ’idea inicial’ impuesta. Más bien, esa idea inicial es el resultado de un proceso de reflexión y estudio profundo. Trabajamos con muchas ideas prototipo que ensayamos hasta concluir en una ’idea final’ que es síntesis del trabajo. Aspiramos a que ésta tenga el suficiente grado de flexibilidad, de ’nubosidad’ para asumir todos los envites de la realidad como propios sin alterar su esencia. Si hemos conseguido el objetivo, la idea responde a la pregunta inicial con contundencia y conversa con naturalidad con la estructura, las instalaciones, el presupuesto, el lugar, los sistemas constructivos, la puesta en obra, la operación etc., dado que todos estos forman parte de su ADN y fueron ensayados en la concepción de la misma.
Cuando le preguntaban a Miralles por la definición de arquitectura, decía “he descubierto que la arquitectura que me interesa… es aquella que es capaz de no ser demagógica, es decir, aquella que es capaz de no esconder la realidad compleja de la que parte.”
¿Como valora el auge de la construcción industrializada?
Creo que es una reflexión muy pertinente para los retos a los que nos enfrentamos hoy en día.
La industria es un participante activo en la repercusión que tiene la construcción en el entorno, en el balance energético, en la economía local. Su implicación temprana en el proceso de diseño aporta muchísimo al resultado final.
La revolución tecnológica y digital que estamos viviendo y los cambios en los procesos de fabricación hacen que la producción unitaria sea cada vez más rentable, con lo que abre oportunidades que no existían en la revolución industrial.
Como caso concreto, en el estadio que terminamos recientemente en Chile, para la Universidad Católica, Cmpc —una de las principales empresas madereras del país— participó desde el inicio, aportando su conocimiento sobre el material local y las posibilidades de fabricación. Colaboró en el diseño de la fachada y la cubierta y desarrolló un proceso industrial específico para lograr el volumen y el resultado requeridos. Gracias a ello, la madera utilizada en la estructura de grandes luces y en la fachada proviene de bosques cercanos, generando un impacto positivo en la economía local que continúa hoy.
La necesidad de avanzar hacia la descarbonización, ¿condiciona el modelo arquitectónico?
Es una necesidad de la sociedad y como tal nos condiciona a todos y en concreto a la arquitectura.
Tomarlo positivamente de manera crítica es una mejora segura. En ocasiones da la sensación de que prima la estética en los proyectos...
En su acepción como disciplina de la filosofía, la estética es un concepto más amplio que la belleza misma, viene a ser el estudio analítico de la belleza.
En ese sentido, creo que incorporar la complejidad de la realidad no se contrapone a alcanzar una obra verdaderamente bella, requiere de suficiente disciplina y capacidad de síntesis.
¿Se ha pasado ya la tendencia de contratar arquitectos ’estrella’ por parte de las administraciones?
Estando aquí, en Bilbao, no puedo dejar de hacer alusión al efecto Guggenheim. Lo que no es tan conocido es que la administración llevaba trabajando muchos años en el plan de reforma de la ría y el Guggenheim es parte de un proceso mucho más largo.
Hoy se puede llegar prácticamente caminando desde el extremo de las dos márgenes de la ría al centro de Bilbao por unos paseos que en otro momento eran inhóspitos.
No es, por tanto, solo la estrella, sino la labor de la administración la que ha impactado en la ciudad de Bilbao, proyectando una visión y manteniéndola firme, así como el esfuerzo colectivo de todos los profesionales que han ido trazando el urbanismo, las calles, los parques, los centros públicos… Como en todo, la virtud está en el justo medio y el icono, la estrella, ha sido parte importante de ello, no suficiente.
En aquellas ciudades en las que no se supo entender, no funcionó.
¿Hacia dónde se dirige la arquitectura moderna?
La arquitectura tiene la ocasión de participar activamente en la respuesta a los retos del momento energéticos, de vivienda, de ciudad, de transporte, etc. Es ahí donde los arquitectos tenemos oportunidad de dar respuesta a las necesidades de la sociedad e incluso (re)plantear las preguntas.