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El diseño del entorno natural gana peso técnico al integrar prevención de riesgos, gestión hídrica y protección del entorno construido.
El paisajista Fernando Pozuelo plantea un cambio de enfoque en el sector: el paisajismo deja de ser un elemento decorativo para convertirse en una infraestructura esencial de protección y resiliencia. En un contexto marcado por el aumento de incendios forestales y fenómenos climáticos extremos, su propuesta sitúa el diseño del paisaje como una herramienta activa en la gestión del territorio.
Este planteamiento implica que el jardín asuma funciones estructurales dentro de proyectos residenciales y urbanos, contribuyendo tanto a la prevención de riesgos como a la revalorización de activos inmobiliarios. El paisaje deja de entenderse como un elemento accesorio y pasa a concebirse como un sistema que protege, conecta y regula el entorno construido.
El modelo defendido por Fernando Pozuelo se apoya en una evolución hacia la ingeniería del territorio, donde el diseño incorpora variables como la gestión del agua, la resiliencia climática o la prevención de incendios. En este marco, el paisaje funciona como una infraestructura viva, capaz de actuar como barrera frente al fuego, regular la temperatura o facilitar el drenaje natural.
Este cambio de enfoque exige integrar criterios técnicos desde las primeras fases del proyecto. Ya no se trata solo de seleccionar especies o componer espacios, sino de anticipar el comportamiento del agua, del suelo y del aire, así como su respuesta ante situaciones de riesgo.
Uno de los ejes principales es el paso de un enfoque reactivo a uno preventivo. El diseño paisajístico incorpora soluciones como la integración de redes de agua con puntos estratégicos de suministro o la creación de jardines inundables que ayudan a mantener la humedad del entorno y reducir su inflamabilidad.
Al mismo tiempo, el tratamiento del suelo adquiere un papel relevante, especialmente en escenarios posteriores a incendios, donde la pérdida de estructura puede comprometer la regeneración. En este sentido, se priorizan estrategias que favorecen los procesos naturales frente a intervenciones agresivas.
Más allá de la prevención, el paisajismo también influye en la capacidad de respuesta ante emergencias. La planificación de accesos, recorridos y zonas operativas facilita la intervención de los equipos de extinción, mejorando la eficiencia y reduciendo los tiempos de actuación. Elementos como estanques o depósitos pueden integrarse en el diseño con una doble función, estética y operativa.
El enfoque tiene una aplicación directa en arquitectura y urbanismo. Frente a la práctica de incorporar el paisajismo en fases finales, se plantea su integración desde el inicio como parte estructural del proyecto. Soluciones como cubiertas vegetales o corredores ecológicos forman parte de una infraestructura verde que mejora el comportamiento del edificio.
Esta integración no solo incrementa la resiliencia de los entornos construidos, sino que también aporta beneficios tangibles en términos de eficiencia energética, valor inmobiliario y calidad de vida.
La propuesta sitúa al paisajismo como una disciplina estratégica en un momento marcado por la presión climática y la necesidad de soluciones aplicables. En este contexto, su integración en proyectos arquitectónicos y urbanos permite abordar de forma conjunta retos ambientales, técnicos y económicos, consolidando el paisaje como un sistema activo dentro del ciclo de vida del edificio.